De música, vida, normas y pintura sobrante
La vida es como la música, leí en una pared mientras volvía de un paseo nocturno. Buena reflexión, pensé. La música, como la vida, tiene una cadencia, un ritmo, una melodía. A veces va más rápido, a veces más lento; a veces es divertida y nos sacude de alegría, pero a veces nos llega al tálamo, nos estremece y nos hace llorar. Seguí leyendo... Debe componerse con el oído, el sentimiento y el instinto. Cierto. La música debe tener sentimientos, instintos, pasión fuerza, ganas. La vida, también. La música y la vida deben provocar y tener risas, sonrisas, abrazos, cosquillas, miradas, caricias y susurros. Y claro que también deben tener sollozos, suspiros, dolor, lágrimas, tristeza, recogimiento y pena. Incluso esa pena que se siente como un dolor físico, anclado en el estómago, como si hubiese algo que te falta. Como si un vacío llenara tu vida y no vieses cómo llenarlo. Incluso esa sensación nos es necesaria. Párrafo aparte me merece hablarte de Beethoven, querido pin...