2020
Qué año más raro. Tengo la sensación de haber pasado de marzo a Navidad en un abrir y cerrar de ojos, pero no. Hubo muchas cosas más. Lo empecé en una plaza de Segovia, a unos metros del acueducto. Me tomé las doce uvas a ritmo de campanadas y bebí cava no demasiado frío en unas copas que había tomado prestadas de un bar de la misma plaza y que luego devolví. Me fui a bailar, vestida de rojo y me dije a mí misma que el año iba a ser un reflejo de la forma en la que se empieza. Y pensé: viajaré, reiré, bailaré. Esperad un momento que tomo aire para respirar, que con la risa me ahogo. Enero pasó rápido. Madrugar me permitió gozar de algunos amaneceres espectaculares. Apenas recuerdo el trasiego de ir al trabajo, al súper, a quedar para tomar una cerveza, un café, un cóctel al que bautizamos como “matador” o para comer unas tapas. Empecé a hacer planes de viaje. Miré los puentes, las vacaciones, los fines de semana, aviones, hoteles... El 2020 se presentaba como un epílogo del 2019, duran...