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Mostrando entradas de 2020

2020

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Qué año más raro. Tengo la sensación de haber pasado de marzo a Navidad en un abrir y cerrar de ojos, pero no. Hubo muchas cosas más. Lo empecé en una plaza de Segovia, a unos metros del acueducto. Me tomé las doce uvas a ritmo de campanadas y bebí cava no demasiado frío en unas copas que había tomado prestadas de un bar de la misma plaza y que luego devolví. Me fui a bailar, vestida de rojo y me dije a mí misma que el año iba a ser un reflejo de la forma en la que se empieza. Y pensé: viajaré, reiré, bailaré. Esperad un momento que tomo aire para respirar, que con la risa me ahogo. Enero pasó rápido. Madrugar me permitió gozar de algunos amaneceres espectaculares. Apenas recuerdo el trasiego de ir al trabajo, al súper, a quedar para tomar una cerveza, un café, un cóctel al que bautizamos como “matador” o para comer unas tapas. Empecé a hacer planes de viaje. Miré los puentes, las vacaciones, los fines de semana, aviones, hoteles... El 2020 se presentaba como un epílogo del 2019, duran...

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A veces, eso que llamamos la “zona de confort” se agrieta y por esos recovecos se cuelan recuerdos que creíamos muertos. No porque no quisiésemos creer en ellos, sino porque a medida que nos hacemos mayores nos cuesta más combinarlos con nuestras reticencias y la dura realidad. Suele haber catalizadores que remueven los pilares de nuestra existencia. Y benditos sean. Le suele pasar, cual magdalena de Proust. Podía ser un olor. ¿Recordáis el olor de las aulas de primaria? Ella sí. Aquella mezcla de colonia Nenuco, restos de gomas de borrar y pedacitos de madera después de afilar los lápices podían trasladarla fácilmente a la pared que tantas veces había contemplado inerte, durante largas, largas, largas horas. Sor Cristina y sor Aránzazu siempre se mostraron muy quisquillosas con sus trastadas, todo hay que decirlo.  Podía ser una canción. Escucharla llegaba a transportarla a un lugar, a un momento, a una persona. Los veranos de su juventud estuvieron plagados de éxitos machacones. ...

Volver la vista atrás

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La memoria nos juega malas pasada. De repente, se le hicieron presentes aquellos ojos pequeños, que se encogían aun más cuando su dueño sonreía y que la transportaron a un sábado del mes de octubre de 1990.  Habían quedado cerca de la plaza Cataluña, en la puerta de unos cines que había en la calle Bergara y que ya no existen. Había llegado con tiempo, periódico en mano, en tren. Las escaleras mecánicas de la estación la escupió al bullicio de la plaza, a sus palomas, a los escasos turistas de aquel entonces y al sol de otoño. Nerviosa, medio escondida en la entrada, pese a ser plena mediodía y que no hiciese frío, miraba aquí y allá sin saber por qué lado vendría. Benditas incógnitas de la era pre-teléfonos-móviles.  Él llegó conduciendo un 600 blanco heredado de su tío y ella montó junto a él. Cruzaron sonrisas. Algún comentario y estallaron las risas. Siempre era así. Fueron a comer, seguro, aunque no recuerda el qué. Algo caro no debió ser, puesto que los dos eran estudian...

Dolor

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No he sido demasiado de aferrarme a las cosas materiales. Lo saben aquí y en Tegucigalpa. Aquella casa, sin embargo, tenía algo que me impedía deshacerme de ella con tranquilidad. El último día que pasé en ella fue un día gélido. Dentro de aquellas paredes debía estar a unos 2 grados. Era incapaz de calentarme, fruto del ambiente y de que no me movía apenas. Me dolían las manos y los pies, veía mi respiración en forma de vaho y estuve tentada de abrir las ventanas por ver si el aire se caldeaba.  También sentí, durante todo el día, un dolor en el pecho y en el estómago. Una aflicción que sólo había sentido previamente cuando falleció mi padre. Es como si fuese un pesar del alma, de esos que son tan potentes que incluso se sienten en el cuerpo. Me asaltaban cientos de recuerdos, sobre todo de mi padre. Su risa, su voz, su  mirada cómplice cuando mi madre me reñía. Y me acordaba de todo lo que había trabajado en aquella casa, de las horas que había empleado en ella para que luci...

De música, vida, normas y pintura sobrante

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  La vida es como la música, leí en una pared mientras volvía de un paseo nocturno. Buena reflexión, pensé. La música, como la vida, tiene una cadencia, un ritmo, una melodía. A veces va más rápido, a veces más lento; a veces es divertida y nos sacude de alegría, pero a veces nos llega al tálamo, nos estremece y nos hace llorar.    Seguí leyendo... Debe componerse con el oído, el sentimiento y el instinto. Cierto. La música debe tener sentimientos, instintos, pasión fuerza, ganas. La vida, también. La música y la vida deben provocar y tener risas, sonrisas, abrazos, cosquillas, miradas, caricias y susurros. Y claro que también deben tener sollozos, suspiros, dolor, lágrimas, tristeza, recogimiento y pena. Incluso esa pena que se siente como un dolor físico, anclado en el estómago, como si hubiese algo que te falta. Como si un vacío llenara tu vida y no vieses cómo llenarlo. Incluso esa sensación nos es necesaria. Párrafo aparte me merece hablarte de Beethoven, querido pin...

Crazy, stupid Google fotos

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Google fotos nos recuerda de vez en cuando dónde estábamos hace un año, hace dos, hace cuatro o hace seis. Puto Google fotos. Mirar fotos nos traslada a esos momentos, usualmente felices. Nadie se hace fotos en un entierro, en un velatorio o en un postoperatorio. Mejor dicho, casi nadie, que ahora con tanto  influencer, instagrammer y “ tontopoller”  ya no sabe una qué mierda la va a sorprender al abrir ciertas redes sociales. Me gusta mirar fotos. Conservo 33 álbumes de fotos (sé cuántos son porque los acabo de contar) y me he dado cuenta del tiempo que hace que no los miro. ¿Porqué? Porque las fotos “en la nube” están omnipresentes y no dejan hueco a aquellos recuerdos en papel mate o brillante que atesoro con avaricia.  Seguro que no soy la única a la que le pasa. Estoy segura de que todos tenemos esos álbumes, llenos de fotos de cumpleaños en los que la tía Elvira se achispaba, de domingos de Ramos, de primeras comuniones, de poses delante de los monumentos que visita...

Vint-i-cinc coses extraordinàries

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L’Anna, de mirada inquisitiva i cul inquiet, va proposar la setmana passada un repte. No sé molt bé amb quina finalitat, però accepto el repte i vesso aquí el llistat de vint-i-cinc coses que em semblen extraordinàries. Algunes són puerils i força mundanes, mentre que altres són més de caire, podríem dir, espiritual. Allà van. 1. Fer servir un ordinador compartit i que el Bloq. Majúscula no estigui activat. 2. Anar a un restaurant, demanar un plat que mai abans havia tastat i que resulti deliciós. 3. Fer arròs i que no se'm passi. 4. Trobar aparcament a la porta de casa o al costat d’on hagi d’anar. 5. Anar a un lloc i no trobar cap semàfor en vermell (o trobar-los tots en verd, vés). 6. Trobar les maduixes d’oferta. 7. Comprar una síndria el dia més calorós de l’estiu i que sigui la més dolça que hagi menjat mai. 8. Passejar pel bosc i només escoltar les meves passes sobre les pedres i les fulles. 9. Posar la ràdio i que soni una de les meves cançons favorites. 10. Prendre un cafè...

En penumbra

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                    Fuimos al cine una ta rde de mayo. Fuera llovía a mares y preferimos resguardarnos en la penumbra. La película iba sobre una asesina que había encontrado un móvil y que iba matando a las personas que aparecían en los selfis de la galería. Estaba enamorada de un púgil venido a menos. El pobre hombre había sido aviador en la juventud pero una lesión de boxeo le había hecho perder la visión de un ojo. Ahora malvivía buscando anillos en la arena de la playa. O eso me pareció entender, porque de repente apareció un circo en la película y me perdí un poco en el hilo argumental.  Para ser sincera, hacía tiempo que había perdido el hilo. Nos mirábamos intensamente a los ojos. Establecimos una conexión como pocas había sentido antes con nadie. Él tocaba mis trenzas y las colocaba por delante de mi torso. Dejé de prestar atención a la película, pese a que cada vez oía más estruendo proviniente de la pantalla.  Me s...

Perdurar

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El amor eterno... Algo por lo que casi todo el mundo habría firmado sin pensar. A mucha gente le gustan la estabilidad, la seguridad y la rutina. Saber que vas a vivir el resto de tus días junto a la misma persona, saboreando los momentos, disfrutando de una buena compañía y del sexo y compartiendo aficiones, celebraciones y pedos. Ideal, ¿no? ¿No? Para él, quizá sí. Siempre se había definido como un romántico empedernido, de esos llevan el desayuno a la cama a la persona con la que ha compartido la noche, de los que preparan un baño relajante a la luz de las velas; un amante delicado que te pregunta si lo que te hace está bien o prefieres otra cosa. Para ella, el amor no es que fuese era otra cosa. Es que no existía. Prefería, incluso, no hablar de amor. Desengañada, había decidido evitar que su cerebro hiciese de nuevo conexiones sinápticas y había bloqueado conscientemente todos los neurotransmisores que la pudiesen llevar a sentir "mariposas en el estómago". Se había acab...

De complicaciones y placeres

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No. La vida no es tan complicada como se la pintan. En todo caso, era ella quien la hacía complicada y confusa a veces. Estaba tan obcecada en evitar las cosas malas que se le escapaban las buenas.  “Busca los buenos momentos, que los malos vienen solos”, le decía su madre. Y en ello está ahora. Siempre fue y Es de risa fácil, y eso ayuda. No es una alegría constante pero lo intenta. Lo intenta, sí. Los días pueden ser plácidos pero también unos pequeños hijos de puta, así que intenta exprimirlos como si fuesen naranjas y ríe siempre que puede. Para ella, disfrutar de la vida es a veces compartir un café con una cara conocida y arreglar el mundo de la misma manera que lo es salir al balcón a desayunar y disfrutar del silencio antes de que todo el mundo se despierte. Pisar el césped recién regado con los pies descalzos; pasear por la orilla del mar a primera hora de la mañana y ver el sol salir; tomar una cerveza bien fría en un día caluroso .  Se da a menudo pequeños placeres ...

Ellas

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La vida nos ha juntado. No lo teníamos previsto pero hemos acabado en el mismo saco. El saco está a veces roto, a veces un poco maltrecho, pero entre todas tapamos cualquier fuga que se pueda producir. No podemos decir que somos como gotas de agua. No podríamos ser más diferentes, y eso hace que nos complementemos a la perfección. Somos tímidas y lanzadas, charlatanas y calladas. Valientes y algo cobardes; duras como piedras y rebeldes porque “el mundo me ha hecho así” pero también tiernas, suaves y cariñosas. Madres. También somos madres y luchamos por nuestros cachorros a capa y espada. La callada apacigua a la charlatana y la tímida se deja llevar por quien no tiene filtro. Las más activas estiran de las que se quedarían todo el día en el sofá y aun así no le hacemos ascos a una tarde de manta y película. Bailongas como pocas, risueñas como muchas. Mojitos, tardes de playa, caminatas y conciertos; largas charlas, caminos, chiringuitos y apartamentos. Matadores, miradas de com...

Ñoña

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Mi madre sabia hacer croquetas y unas rosquillas de chuparse los dedos. Sabía hacer ganchillo y tejía bufandas para todos. Sabía hacer unas coletas, unas trenzas y unos moños apretados, de esos que te estiran la cara hacia atrás. Recuerdo a mi madre canturreando todo el día con la bayeta o la fregona en la mano. Unas manos que lo mismo te daban un cachete que te agarraban para darte un abrazo apretado (más cachetes que abrazos, todo sea dicho). No la recuerdo, sin embargo, jugando conmigo. Ni una sola vez. Qué curiosa y caprichosa es la memoria. Hoy he rescatado esta foto de un viejo álbum. Tengo un recuerdo muy vívido de ese momento. Íbamos a a celebrar el domingo de ramos con mis primos y tíos. Vestido de terciopelo negro, rebequita blanca, medalla de la virgen niña en el pecho, leotardos blancos de esos que volverían a casa agujereados. Y un moño apretado. Mi padre me llama desde enfrente pero yo pienso que me vocea la vecina del quinto y miro hacia arriba en el preciso momento ...

El hombre de la mirada triste

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Ya no recordaba cuántos palos le había dado a vida. Muchos. Muchísimos. Había perdido la cuenta de los reveses con los que la hija de puta de la vida le había castigado. Porque sí. Porque aquello era un castigo. Otra explicación no había. Nació en una gran ciudad, sí, pero sus padres lo mantuvieron arraigado al pueblo. Veranos en el río pescando cangrejos y rosquilllas hechas por su abuela en grandes tazones de leche para merendar. Puertas abiertas a todas horas, vecinas que le preguntaban “y tú, ¿de quién eres?”. Desaparecían él y su hermano cada día para regresar solo a las horas de las comidas. Disfrutó esa etapa de su vida, vaya sí la disfrutó. Un día lo llamó una de las vecinas de su abuela. -¿Puede venir tu chico a ayudarme?- le dijo. -Claro, ahora mismo te lo mando. Entró en aquella casa, fresca y oscura tan diferente al calor sofocante y la luz de la calle. Sus ojos se acostumbraron a la penumbra y de repente sintió las manos de la vecina recorriendo su cuerpo....

Nessum Dorma

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¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Un año? ¿Año y medio? No lo recordaba, pero un contacto telefónico y laboral desató la imaginación de ambos. De conversaciones completamente profesionales pasaron a contarse intimidades que nadie de su entorno más inmediato sabía. Chats a escondidas. Redes sociales compartidas. Susurros telefónicos y notas de audio. Fotos. Levantarse, ver un mensaje y sonreír. Desde los buenos días y desearse felices sueños. Preguntar qué tal había ido el día y qué habían comido. Los días transcurrían plácidos y tranquilos. Desde que apareció en su vida, se había ido convirtiendo en alguien imprescindible. Era un hombre maduro, experimentado. Una figura de referencia, idolatrada y deseada. Era culto y le enseñó sobre música y literatura. Hablaban de teatro, de libros policiacos y de ópera. Le descubrió Nessun Dorma y desde durante meses el vello se le erizaba y tenía ganas de llorar cada vez que escuchaba esa pieza. Se imaginaba disfrutando de esa canción a su l...