Entradas

Mostrando entradas de mayo, 2020

Ellas

Imagen
La vida nos ha juntado. No lo teníamos previsto pero hemos acabado en el mismo saco. El saco está a veces roto, a veces un poco maltrecho, pero entre todas tapamos cualquier fuga que se pueda producir. No podemos decir que somos como gotas de agua. No podríamos ser más diferentes, y eso hace que nos complementemos a la perfección. Somos tímidas y lanzadas, charlatanas y calladas. Valientes y algo cobardes; duras como piedras y rebeldes porque “el mundo me ha hecho así” pero también tiernas, suaves y cariñosas. Madres. También somos madres y luchamos por nuestros cachorros a capa y espada. La callada apacigua a la charlatana y la tímida se deja llevar por quien no tiene filtro. Las más activas estiran de las que se quedarían todo el día en el sofá y aun así no le hacemos ascos a una tarde de manta y película. Bailongas como pocas, risueñas como muchas. Mojitos, tardes de playa, caminatas y conciertos; largas charlas, caminos, chiringuitos y apartamentos. Matadores, miradas de com...

Ñoña

Imagen
Mi madre sabia hacer croquetas y unas rosquillas de chuparse los dedos. Sabía hacer ganchillo y tejía bufandas para todos. Sabía hacer unas coletas, unas trenzas y unos moños apretados, de esos que te estiran la cara hacia atrás. Recuerdo a mi madre canturreando todo el día con la bayeta o la fregona en la mano. Unas manos que lo mismo te daban un cachete que te agarraban para darte un abrazo apretado (más cachetes que abrazos, todo sea dicho). No la recuerdo, sin embargo, jugando conmigo. Ni una sola vez. Qué curiosa y caprichosa es la memoria. Hoy he rescatado esta foto de un viejo álbum. Tengo un recuerdo muy vívido de ese momento. Íbamos a a celebrar el domingo de ramos con mis primos y tíos. Vestido de terciopelo negro, rebequita blanca, medalla de la virgen niña en el pecho, leotardos blancos de esos que volverían a casa agujereados. Y un moño apretado. Mi padre me llama desde enfrente pero yo pienso que me vocea la vecina del quinto y miro hacia arriba en el preciso momento ...

El hombre de la mirada triste

Imagen
Ya no recordaba cuántos palos le había dado a vida. Muchos. Muchísimos. Había perdido la cuenta de los reveses con los que la hija de puta de la vida le había castigado. Porque sí. Porque aquello era un castigo. Otra explicación no había. Nació en una gran ciudad, sí, pero sus padres lo mantuvieron arraigado al pueblo. Veranos en el río pescando cangrejos y rosquilllas hechas por su abuela en grandes tazones de leche para merendar. Puertas abiertas a todas horas, vecinas que le preguntaban “y tú, ¿de quién eres?”. Desaparecían él y su hermano cada día para regresar solo a las horas de las comidas. Disfrutó esa etapa de su vida, vaya sí la disfrutó. Un día lo llamó una de las vecinas de su abuela. -¿Puede venir tu chico a ayudarme?- le dijo. -Claro, ahora mismo te lo mando. Entró en aquella casa, fresca y oscura tan diferente al calor sofocante y la luz de la calle. Sus ojos se acostumbraron a la penumbra y de repente sintió las manos de la vecina recorriendo su cuerpo....