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Mostrando entradas de diciembre, 2020

2020

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Qué año más raro. Tengo la sensación de haber pasado de marzo a Navidad en un abrir y cerrar de ojos, pero no. Hubo muchas cosas más. Lo empecé en una plaza de Segovia, a unos metros del acueducto. Me tomé las doce uvas a ritmo de campanadas y bebí cava no demasiado frío en unas copas que había tomado prestadas de un bar de la misma plaza y que luego devolví. Me fui a bailar, vestida de rojo y me dije a mí misma que el año iba a ser un reflejo de la forma en la que se empieza. Y pensé: viajaré, reiré, bailaré. Esperad un momento que tomo aire para respirar, que con la risa me ahogo. Enero pasó rápido. Madrugar me permitió gozar de algunos amaneceres espectaculares. Apenas recuerdo el trasiego de ir al trabajo, al súper, a quedar para tomar una cerveza, un café, un cóctel al que bautizamos como “matador” o para comer unas tapas. Empecé a hacer planes de viaje. Miré los puentes, las vacaciones, los fines de semana, aviones, hoteles... El 2020 se presentaba como un epílogo del 2019, duran...

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A veces, eso que llamamos la “zona de confort” se agrieta y por esos recovecos se cuelan recuerdos que creíamos muertos. No porque no quisiésemos creer en ellos, sino porque a medida que nos hacemos mayores nos cuesta más combinarlos con nuestras reticencias y la dura realidad. Suele haber catalizadores que remueven los pilares de nuestra existencia. Y benditos sean. Le suele pasar, cual magdalena de Proust. Podía ser un olor. ¿Recordáis el olor de las aulas de primaria? Ella sí. Aquella mezcla de colonia Nenuco, restos de gomas de borrar y pedacitos de madera después de afilar los lápices podían trasladarla fácilmente a la pared que tantas veces había contemplado inerte, durante largas, largas, largas horas. Sor Cristina y sor Aránzazu siempre se mostraron muy quisquillosas con sus trastadas, todo hay que decirlo.  Podía ser una canción. Escucharla llegaba a transportarla a un lugar, a un momento, a una persona. Los veranos de su juventud estuvieron plagados de éxitos machacones. ...

Volver la vista atrás

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La memoria nos juega malas pasada. De repente, se le hicieron presentes aquellos ojos pequeños, que se encogían aun más cuando su dueño sonreía y que la transportaron a un sábado del mes de octubre de 1990.  Habían quedado cerca de la plaza Cataluña, en la puerta de unos cines que había en la calle Bergara y que ya no existen. Había llegado con tiempo, periódico en mano, en tren. Las escaleras mecánicas de la estación la escupió al bullicio de la plaza, a sus palomas, a los escasos turistas de aquel entonces y al sol de otoño. Nerviosa, medio escondida en la entrada, pese a ser plena mediodía y que no hiciese frío, miraba aquí y allá sin saber por qué lado vendría. Benditas incógnitas de la era pre-teléfonos-móviles.  Él llegó conduciendo un 600 blanco heredado de su tío y ella montó junto a él. Cruzaron sonrisas. Algún comentario y estallaron las risas. Siempre era así. Fueron a comer, seguro, aunque no recuerda el qué. Algo caro no debió ser, puesto que los dos eran estudian...

Dolor

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No he sido demasiado de aferrarme a las cosas materiales. Lo saben aquí y en Tegucigalpa. Aquella casa, sin embargo, tenía algo que me impedía deshacerme de ella con tranquilidad. El último día que pasé en ella fue un día gélido. Dentro de aquellas paredes debía estar a unos 2 grados. Era incapaz de calentarme, fruto del ambiente y de que no me movía apenas. Me dolían las manos y los pies, veía mi respiración en forma de vaho y estuve tentada de abrir las ventanas por ver si el aire se caldeaba.  También sentí, durante todo el día, un dolor en el pecho y en el estómago. Una aflicción que sólo había sentido previamente cuando falleció mi padre. Es como si fuese un pesar del alma, de esos que son tan potentes que incluso se sienten en el cuerpo. Me asaltaban cientos de recuerdos, sobre todo de mi padre. Su risa, su voz, su  mirada cómplice cuando mi madre me reñía. Y me acordaba de todo lo que había trabajado en aquella casa, de las horas que había empleado en ella para que luci...