Crazy, stupid Google fotos
Google fotos nos recuerda de vez en cuando dónde estábamos hace un año, hace dos, hace cuatro o hace seis. Puto Google fotos.
Mirar fotos nos traslada a esos momentos, usualmente felices. Nadie se hace fotos en un entierro, en un velatorio o en un postoperatorio. Mejor dicho, casi nadie, que ahora con tanto influencer, instagrammer y “tontopoller” ya no sabe una qué mierda la va a sorprender al abrir ciertas redes sociales.
Me gusta mirar fotos. Conservo 33 álbumes de fotos (sé cuántos son porque los acabo de contar) y me he dado cuenta del tiempo que hace que no los miro. ¿Porqué? Porque las fotos “en la nube” están omnipresentes y no dejan hueco a aquellos recuerdos en papel mate o brillante que atesoro con avaricia.
Seguro que no soy la única a la que le pasa. Estoy segura de que todos tenemos esos álbumes, llenos de fotos de cumpleaños en los que la tía Elvira se achispaba, de domingos de Ramos, de primeras comuniones, de poses delante de los monumentos que visitaste hace siglos o sábados en la playa con tus padres, tu hermano, tus tíos, tus primos y un señor, amigo de tu tío José que no sabías muy bien qué hacía ahí, pero que se convirtió en un asiduo en todos los saraos familiares.
A lo que iba. Google fotos lo sabe todo sobre nosotros desde hace unos años. Porque nosotros le dejamos, está claro, pero eso no quita que nos recuerde cada cierto tiempo con quién estábamos en determinados momentos o lo que comimos; dónde vimos una puesta de sol despampanante o on quien dimos un paseo en moto; lo rica que estuvo una cerveza disfrutando del tímido sol de primavera; lo divertido de un vermú improvisado o un gintonic con ginger ale; el helado que te comiste a 5ºC durante un viaje... Y eso estaría bien si de verdad quisiéramos recordar todas esas personas, situaciones, comidas, copas, colores y olores. No cuando al señor Google le apetezca sino cuando nosotros queramos. Porque a veces no apetece. Porque hay recuerdos que escuecen.
En todas esas imágenes de Google fotos vemos a personas que ya no están y a otras han aparecido en nuestras vidas. Hicimos cosas en el pasado con personas que solo son una rémora en nuestra memoria y quizá desearíamos haberlo hecho con otras personas que ahora se han convertido en importantes para nosotros. Quizá ya no nos gusta el vermú blanco sino que nos gusta el negro o nos decantamos por un tipo de cerveza y rechazamos la que antes habríamos bebido sin rechistar. Ojalá en aquel concierto contigo. Ojalá aquel día de playa con vosotros. Ojalá aquel paseo con otro ánimo. Ojalá.
¿Y qué decir de los selfies? No me reconozco en muchos de ellos. Durante seis últimos años he cambiado de peinado, de gafas, de peso y de manera de vestir. Luzco alguna cicatriz nueva, porque la vida te da sorpresas y sorpresas te da la vida. Tengo más arrugas alrededor de los ojos cuando sonrío y, oigan, qué bien. Miro esas fotos y al recordar dónde estaba o cómo me sentía creo ser otra persona a la que ahora observo desde la distancia. Me gusta pensar que he ido a mejor. Creo haber ganado en presencia, en ganas de comerme el mundo (porque durante mucho tiempo sentí que era el mundo el que me comía a mí), en positividad, en optimismo y en saber estar.
Así que, querido Google fotos... déjame en paz.
📷 Lídia Gonzalo
Música aquí. Good as hell, de Lizzo


Comentarios