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Un papel amarillo

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Eras mi príncipe azul. Durante mucho tiempo, me regalaste estrellas y pequeños trocitos de cielo. Iluminabas mi universo y a mí me bastaba contigo. Estábamos enamorados, éramos jóvenes e inconscientes y queríamos sacarle jugo a cada día. De aquella época son las arrugas que rodean mis ojos y tú las provocaste. Risas, puestas de sol, sangría y noches eternas de verano. Gracias. Luego llegaron otros rostros. Personillas diminutas con las que tuvimos que compartirnos. Nos alejamos el uno del otro y a la par nos alejamos de un montón de personas que habían formado parte de nuestras vidas hasta aquel momento. Pasó el tiempo y nos fuimos reencontrando tú y yo y a los demás. Primero recuperamos a Efrén, que retomó sus entrenamientos de waterpolo; por aquel entonces tú estabas de nuevo a mi lado y me dejabas mensajes en pequeños cartoncitos. Luego él dejó el deporte y tuvimos que apoyar las decisiones que tomó en su vida. No fueron fáciles y no las entendimos, pero ¿qué se suponía que debíamos...

Lo que viene siendo “A piece of cake”

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  Menuda tarta. No era de supermercado ni congelada. De pastelería de la buena, oigan. El bizcocho era esponjoso, suculento y jugoso, con la cantidad justa de azúcar para no ser empalagoso. Estaba dividido en dos partes y combinaba a la perfección con una gran capa de nata en medio, de esa que se ha hecho crecer a base de batir la cremosidad de una buena cantidad de leche fresca. Encima de la segunda capa de bizcocho, una divina y sabrosa cobertura de yema quemada, recubierta por una finísima cantidad de caramelo con cierto gusto a canela. Delicioso.  Quedaba aún otra capa. Alguien capacitado con una precisión y una creatividad infinitas había cogido una manga pastelera y había dibujado unas filigranas de nata que bien podían ser flores, serpientes o vaya usted a saber qué. Aquí y allá ese mismo alguien había dispuesto unas flores comestibles. Sí, de esas que tienen la misma consistencia que las obleas con las que se comulga en misa; de esa que se pega al paladar y a los dient...

Sueños

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Nunca soñó con él durante las noches pero sí durante sus días. Muchos días. Muchas veces. Pasó el tiempo. Ese que dicen que todo lo cura y que quizá no lo hace, pero al menos da la sensación de que enfría las sensaciones, los sentimientos y las emociones.  Así que sí. Se olvidaron el uno de la otra. Siguieron con sus vidas como si nada hubiese pasado. En realidad no había pasado nada, pero aquel encuentro había sacudido los pilares de las creencias que ella había mantenido durante casi media vida. Quería pensar que lo que él creía también había cambiado. Había vivido de ilusiones durante tanto tiempo, que renunciar a ellas se le hacía duro. Su silencio, sin embargo, le confirmó que para él nunca nada había significado algo especial.  No hubo manera de saber la verdad porque les quedaron muchas cosas por decir pese a las cuatro horas de charla. Arreglaron el mundo en general y desordenaron los suyos en particular. El de ella al menos. Música aquí .  Sueño que te sueño, de ...

2020

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Qué año más raro. Tengo la sensación de haber pasado de marzo a Navidad en un abrir y cerrar de ojos, pero no. Hubo muchas cosas más. Lo empecé en una plaza de Segovia, a unos metros del acueducto. Me tomé las doce uvas a ritmo de campanadas y bebí cava no demasiado frío en unas copas que había tomado prestadas de un bar de la misma plaza y que luego devolví. Me fui a bailar, vestida de rojo y me dije a mí misma que el año iba a ser un reflejo de la forma en la que se empieza. Y pensé: viajaré, reiré, bailaré. Esperad un momento que tomo aire para respirar, que con la risa me ahogo. Enero pasó rápido. Madrugar me permitió gozar de algunos amaneceres espectaculares. Apenas recuerdo el trasiego de ir al trabajo, al súper, a quedar para tomar una cerveza, un café, un cóctel al que bautizamos como “matador” o para comer unas tapas. Empecé a hacer planes de viaje. Miré los puentes, las vacaciones, los fines de semana, aviones, hoteles... El 2020 se presentaba como un epílogo del 2019, duran...

Regresar

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A veces, eso que llamamos la “zona de confort” se agrieta y por esos recovecos se cuelan recuerdos que creíamos muertos. No porque no quisiésemos creer en ellos, sino porque a medida que nos hacemos mayores nos cuesta más combinarlos con nuestras reticencias y la dura realidad. Suele haber catalizadores que remueven los pilares de nuestra existencia. Y benditos sean. Le suele pasar, cual magdalena de Proust. Podía ser un olor. ¿Recordáis el olor de las aulas de primaria? Ella sí. Aquella mezcla de colonia Nenuco, restos de gomas de borrar y pedacitos de madera después de afilar los lápices podían trasladarla fácilmente a la pared que tantas veces había contemplado inerte, durante largas, largas, largas horas. Sor Cristina y sor Aránzazu siempre se mostraron muy quisquillosas con sus trastadas, todo hay que decirlo.  Podía ser una canción. Escucharla llegaba a transportarla a un lugar, a un momento, a una persona. Los veranos de su juventud estuvieron plagados de éxitos machacones. ...

Volver la vista atrás

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La memoria nos juega malas pasada. De repente, se le hicieron presentes aquellos ojos pequeños, que se encogían aun más cuando su dueño sonreía y que la transportaron a un sábado del mes de octubre de 1990.  Habían quedado cerca de la plaza Cataluña, en la puerta de unos cines que había en la calle Bergara y que ya no existen. Había llegado con tiempo, periódico en mano, en tren. Las escaleras mecánicas de la estación la escupió al bullicio de la plaza, a sus palomas, a los escasos turistas de aquel entonces y al sol de otoño. Nerviosa, medio escondida en la entrada, pese a ser plena mediodía y que no hiciese frío, miraba aquí y allá sin saber por qué lado vendría. Benditas incógnitas de la era pre-teléfonos-móviles.  Él llegó conduciendo un 600 blanco heredado de su tío y ella montó junto a él. Cruzaron sonrisas. Algún comentario y estallaron las risas. Siempre era así. Fueron a comer, seguro, aunque no recuerda el qué. Algo caro no debió ser, puesto que los dos eran estudian...

Dolor

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No he sido demasiado de aferrarme a las cosas materiales. Lo saben aquí y en Tegucigalpa. Aquella casa, sin embargo, tenía algo que me impedía deshacerme de ella con tranquilidad. El último día que pasé en ella fue un día gélido. Dentro de aquellas paredes debía estar a unos 2 grados. Era incapaz de calentarme, fruto del ambiente y de que no me movía apenas. Me dolían las manos y los pies, veía mi respiración en forma de vaho y estuve tentada de abrir las ventanas por ver si el aire se caldeaba.  También sentí, durante todo el día, un dolor en el pecho y en el estómago. Una aflicción que sólo había sentido previamente cuando falleció mi padre. Es como si fuese un pesar del alma, de esos que son tan potentes que incluso se sienten en el cuerpo. Me asaltaban cientos de recuerdos, sobre todo de mi padre. Su risa, su voz, su  mirada cómplice cuando mi madre me reñía. Y me acordaba de todo lo que había trabajado en aquella casa, de las horas que había empleado en ella para que luci...

De música, vida, normas y pintura sobrante

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  La vida es como la música, leí en una pared mientras volvía de un paseo nocturno. Buena reflexión, pensé. La música, como la vida, tiene una cadencia, un ritmo, una melodía. A veces va más rápido, a veces más lento; a veces es divertida y nos sacude de alegría, pero a veces nos llega al tálamo, nos estremece y nos hace llorar.    Seguí leyendo... Debe componerse con el oído, el sentimiento y el instinto. Cierto. La música debe tener sentimientos, instintos, pasión fuerza, ganas. La vida, también. La música y la vida deben provocar y tener risas, sonrisas, abrazos, cosquillas, miradas, caricias y susurros. Y claro que también deben tener sollozos, suspiros, dolor, lágrimas, tristeza, recogimiento y pena. Incluso esa pena que se siente como un dolor físico, anclado en el estómago, como si hubiese algo que te falta. Como si un vacío llenara tu vida y no vieses cómo llenarlo. Incluso esa sensación nos es necesaria. Párrafo aparte me merece hablarte de Beethoven, querido pin...