Ñoña
Mi madre sabia hacer croquetas y unas rosquillas de chuparse los dedos. Sabía hacer ganchillo y tejía bufandas para todos. Sabía hacer unas coletas, unas trenzas y unos moños apretados, de esos que te estiran la cara hacia atrás.
Recuerdo a mi madre canturreando todo el día con la bayeta o la fregona en la mano. Unas manos que lo mismo te daban un cachete que te agarraban para darte un abrazo apretado (más cachetes que abrazos, todo sea dicho). No la recuerdo, sin embargo, jugando conmigo. Ni una sola vez. Qué curiosa y caprichosa es la memoria.
Hoy he rescatado esta foto de un viejo álbum. Tengo un recuerdo muy vívido de ese momento. Íbamos a a celebrar el domingo de ramos con mis primos y tíos. Vestido de terciopelo negro, rebequita blanca, medalla de la virgen niña en el pecho, leotardos blancos de esos que volverían a casa agujereados. Y un moño apretado. Mi padre me llama desde enfrente pero yo pienso que me vocea la vecina del quinto y miro hacia arriba en el preciso momento de tomar la foto. Mi madre, bolso en mano, lleva una camiseta (ojo, ahí a la modernez) con estampado de leopardo y un peinado casi imposible.
Ahora veo esas fotos y me veo a mí misma reflejada en ellas. Tengo la misma sonrisa picarona, la misma mirada, un rostro parecido. La misma fuerza. Vaya con la genética.
Mi madre.
La misma que ahora ya no sabe hacer croquetas ni rosquillas. La que ha olvidado el punto del derecho y el del revés. La que ya no hace coletas porque es incapaz incluso de peinarse a ella misma. Ella, la que no recuerda cómo se llama ni me conoce cuando me ve.
Ahora toca sacarle la sonrisa, aunque sea difícil, intentar recuperar momentáneamente un pequeño brillo en sus ojos y algo de fuerza para dar unos pasos titubeantes. Nos seguimos dando la mano al andar, pero ahora soy yo quien la guía a a ella.
Recuerdo a mi madre canturreando todo el día con la bayeta o la fregona en la mano. Unas manos que lo mismo te daban un cachete que te agarraban para darte un abrazo apretado (más cachetes que abrazos, todo sea dicho). No la recuerdo, sin embargo, jugando conmigo. Ni una sola vez. Qué curiosa y caprichosa es la memoria.
Hoy he rescatado esta foto de un viejo álbum. Tengo un recuerdo muy vívido de ese momento. Íbamos a a celebrar el domingo de ramos con mis primos y tíos. Vestido de terciopelo negro, rebequita blanca, medalla de la virgen niña en el pecho, leotardos blancos de esos que volverían a casa agujereados. Y un moño apretado. Mi padre me llama desde enfrente pero yo pienso que me vocea la vecina del quinto y miro hacia arriba en el preciso momento de tomar la foto. Mi madre, bolso en mano, lleva una camiseta (ojo, ahí a la modernez) con estampado de leopardo y un peinado casi imposible.
Ahora veo esas fotos y me veo a mí misma reflejada en ellas. Tengo la misma sonrisa picarona, la misma mirada, un rostro parecido. La misma fuerza. Vaya con la genética.
Mi madre.
La misma que ahora ya no sabe hacer croquetas ni rosquillas. La que ha olvidado el punto del derecho y el del revés. La que ya no hace coletas porque es incapaz incluso de peinarse a ella misma. Ella, la que no recuerda cómo se llama ni me conoce cuando me ve.
Ahora toca sacarle la sonrisa, aunque sea difícil, intentar recuperar momentáneamente un pequeño brillo en sus ojos y algo de fuerza para dar unos pasos titubeantes. Nos seguimos dando la mano al andar, pero ahora soy yo quien la guía a a ella.
📷 Álbum familiar
Música aquí. Mamá Mia!, de Abba

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