El hombre de la mirada triste



Ya no recordaba cuántos palos le había dado a vida. Muchos. Muchísimos. Había perdido la cuenta de los reveses con los que la hija de puta de la vida le había castigado. Porque sí. Porque aquello era un castigo. Otra explicación no había.

Nació en una gran ciudad, sí, pero sus padres lo mantuvieron arraigado al pueblo. Veranos en el río pescando cangrejos y rosquilllas hechas por su abuela en grandes tazones de leche para merendar. Puertas abiertas a todas horas, vecinas que le preguntaban “y tú, ¿de quién eres?”. Desaparecían él y su hermano cada día para regresar solo a las horas de las comidas. Disfrutó esa etapa de su vida, vaya sí la disfrutó.

Un día lo llamó una de las vecinas de su abuela.
-¿Puede venir tu chico a ayudarme?- le dijo.
-Claro, ahora mismo te lo mando.

Entró en aquella casa, fresca y oscura tan diferente al calor sofocante y la luz de la calle. Sus ojos se acostumbraron a la penumbra y de repente sintió las manos de la vecina recorriendo su cuerpo. Hábiles manos que se metieron por dentro de su pantalón, dentro de su camisa, que le hicieron jadear mientras ella pasaba la lengua por partes de su cuerpo que ni siquiera había explorado él mismo. Sus dieciséis años reaccionaron plenamente ante aquella mujer. Cuarenta y cuatro años tenía ella. Cada tarde, aprovechando la hora de la siesta, se escurría a su casa y la abrazaba, la besaba, sudaban y follaban.

En el pueblo conoció a Mari Luz. Una belleza que se enamoró de él pero también de la posibilidad que le ofrecía poder salir del pueblo si se casaban. Le quería, claro que le quería, y él la adoraba a ella, sabiéndose envidiado por muchos hombres, excepto uno. Hicieron planes de boda. Vamos a vivir en un piso, compremos los muebles, busquemos restaurante, qué feliz me haces, no, mi amor, no, que quiero llegar virgen al matrimonio. Estoy embarazada… y tú no eres el padre.

Se repuso. Claro que se repuso, pero su corazón se había hecho duro como una roca. Lo encerró en una caja, echó la llave y juró que nunca más iba a enamorarse. Pensaba que si no volvía a enamorarse sería mucho más difícil que le hiciesen daño. Su hermano fue un gran cómplice en esos momentos. Ah, su admirado hermano. Un punto de referencia, un faro, una baliza, una tabla de salvación. Siempre tan acertado en sus consejos. Cuánto lo echó de menos cuando lo destinaron al norte.

Trabajos aquí y allá. Servicio militar, puteado como el que más. Volver al barrio. Colegas que se engancharon a la droga y que se fueron con una jeringuilla en el brazo. Dos. Otro cumplió condena durante tres años por robo con violencia. Fue un milagro que saliera medio bien de aquella época. Eso si se puede decir que superar esas mierdas no le pasarán factura. Otra mella en su ya maltrecho corazón. Puta vida, tete, pero yo tengo que ser más cabrón.

Una llamada de teléfono lo despertó una noche. Su hermano había resultado herido. No puede ser, no puede ser, no puede ser. Coge un avión, corre, vamos, ya llegamos. Una despedida triste y lluviosa, mientras le daba la mano a su sobrina de seis años. Una niña incapaz de dejar de llorar, casi igual que él.

-Falleció en acto de servicio. Sentimos tu pérdida.
-Lo sé. Pero eso no me consuela.

A ostias con la vida, pero en esa él había perdido dos dientes y no era capaz de ponerse en pie. 

Y llegó Cati. Cati la dulce. Aquella que le sacó de su dolor y que supo ver al hombre sensible que en realidad era. Fue una época de reencontrarse, de saberse feliz, de mañanas para salir a tomar fotografías, de largas tardes de pesca, de noches efervescentes y apasionadas. Algunas noches hacían el amor y otras veces eran dos animales en celo, incansables, jadeantes, sudorosos, sin tabúes ni manías. Todo parecía marchar bien hasta que decidieron tener hijos.

-Tendrán que someterse a un tratamiento de fertilidad.
-Pero ¿de quién es la culpa, doctor?
-De su marido, señora. La culpa es de su marido.

La culpa. Dos palabras hirientes que empezaron a marcar la relación entre los dos. 

Un tratamiento tras otro, pruebas de fertilidad, controles, medicación. Corre, que tengo la temperatura ideal, hoy no toca, que no soy fértil, no me apetece, no me atraes, me ha venido la regla. Llegó, por fin, María. Un bebé inquisitivo con ojos grandes que miraba todo con curiosidad. Las aguas se aplacaron. Las incursiones en la cama cada vez eran más frías y escasas. Cati se dejaba hacer y lo buscaba de vez en cuando. Se montaba encima, se corría y lo dejaba allá. El sexo era frustrante y desapasionado. Encuentros mecánicos, fríos y distantes.

Sin esperarla ni haberla buscado, llegó Carolina. Cati perdió el interés por él, por María y por Carolina. Una depresión post parto que lo convirtió a él en padre y madre, en el único que tiraba del carro, el único que se interesaba en ir a las reuniones en el colegio, en llevarlas a los cumpleaños infantiles, en hacer comidas nutritivas y equilibradas que no consistieran en nuggets de pollo y patatas fritas. Decidió trasladarse a dormir al sofá. Compartir la cama con Cati se convirtió en algo insoportable. En casa se rehuían e intentaban pasar el menor tiempo posible juntos. Coincidían en las comidas e intercambiaban cuatro frases escasas. 

Hay que joderse, se repetía a menudo. 

La vida a veces le parecía una mierda. Más que a veces, casi siempre le parecía una mierda. A veces sin ganas de levantarse, pero poniendo buena cara en casa con Cati, con los padres, con los suegros, en el trabajo. La vida seguía siendo una cabrona, pero él iba a ser más fuerte. Eso lo tenía claro. Por muchas ostias que se empeñaran en darle, él iba a salir adelante. Por muchas lágrimas que tuviese que echar, no iba a darle la satisfacción a nadie de verlo caer. Se iba a levantar una y mil veces. Lloraría, claro que sí. Pero enjugaría esas lágrimas y se pondría los guantes de boxeo para devolver los golpes.

Aquel día, antes de salir del baño, vio en el espejo su mirada triste. Se lavó las manos y salió hacia el salón. ¿Cuál sería el siguiente muro que debería saltar? Qué puta, la vida, que no nos deja deshacer las cosas cuando la cagamos. No daba segundas oportunidades.

Carolina lo sacó de sus pensamientos. 

-Papá, ¿hacemos rosquillas como te enseñó tu abuela?

📷 pxfuel.com

Música aquí. Confortably Numb de Pink Floyd





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