Regresar

A veces, eso que llamamos la “zona de confort” se agrieta y por esos recovecos se cuelan recuerdos que creíamos muertos. No porque no quisiésemos creer en ellos, sino porque a medida que nos hacemos mayores nos cuesta más combinarlos con nuestras reticencias y la dura realidad. Suele haber catalizadores que remueven los pilares de nuestra existencia. Y benditos sean.

Le suele pasar, cual magdalena de Proust. Podía ser un olor. ¿Recordáis el olor de las aulas de primaria? Ella sí. Aquella mezcla de colonia Nenuco, restos de gomas de borrar y pedacitos de madera después de afilar los lápices podían trasladarla fácilmente a la pared que tantas veces había contemplado inerte, durante largas, largas, largas horas. Sor Cristina y sor Aránzazu siempre se mostraron muy quisquillosas con sus trastadas, todo hay que decirlo. 

Podía ser una canción. Escucharla llegaba a transportarla a un lugar, a un momento, a una persona. Los veranos de su juventud estuvieron plagados de éxitos machacones. Cómo evitar que uno de los éxitos (¿el éxito?) de Chimo Bayo le recordase algunas noches del verano de 1991, mientras bailaba descalza en la arena de la playa, con risas, toallas revueltas y bocadillos crujientes.

Aquel día iba en el autobús hacia casa. Regresaba de una extraña jornada laboral que la había mantenido estresada y ansiosa. El traqueteo de algunas calles y el calor del vehículo la mantenían algo adormilada, pero aun así fue capaz de escuchar la conversación que dos jóvenes mantenían tras ella, dos filas de asientos más allá. Reían y cuchicheaban sobre algo que veían en el móvil de uno de ellos. Ella, con voz cristalina. Él, con una risa contagiosa. 

Escucharlos de fondo la hizo trasladarse a las mañanas en el bar de la facultad y a las carreras por los pasillos para ir a buscar fotocopias. A los ratos sobre la hierba del campus o al café con leche de algunas mañanas. A las asignaturas prácticas y a recordar las clases de aquel profesor, más viejo que un dinosaurio, ataviado con traje y chaleco que asociaba por alguna razón con el Heraldo de Aragón. A las clases de aquel otro profesor, en un edificio anexo. Iba en silla de ruedas y disertaba con un pequeño micro. Solían ser clases soporíferas, solo interrumpidas por las risas que les llegaban desde el aula de al lado. Mientras oía su voz monótona, escuchaba a Luis Alberto, el profe joven y divertido, que en el aula contigua jaleaba a los alumnos desde el entarimado y ellos, a su vez, lo vitoreaban.

De repente, recordó un escote. Su escote. Algo más bajo de lo normal. Era primavera y llevaba una camisa blanca con rayas rojas y azules muy finas. Empezaba a hacer calor. Apoyaba su cabeza en la mano izquierda. Con la otra, garabateaba distraída algún dibujo en un folio, algo ausente. Su mente debía estar muy lejos de allí. Alzó la vista y lo vio. 

Aquel muchacho se sonrojó. Lo había pillado mirándola el escote y mostró cierta incomodidad bajando la vista a sus propios folios, aunque en seguida volvió a mirarla, esta vez a la cara. Los ojos se le hicieron más pequeños y su boca mostró una sonrisa picarona. Ni qué decir que hoy en día aquello habría sido calificado como poco menos que acoso, pensó desde su asiento del autobús. Ella le devolvió la sonrisa y algo azorada también la retiró un momento. No subió, sin embargo, en absoluto, el escote de su blusa. El resto de la clase transcurrió entre miradas, sonrisas, guiños, sonrojos y gestos de “espera, a la salida hablamos”. Ella con su escote. Él con las orejas coloradas.

Desde aquel día, a la salida de aquella clase, se convirtieron en inseparables. Pasaron muchas mañanas juntos en el bar de la facultad y corrían por los pasillos para hacerse con tales o cuales fotocopias. Se recordó a si misma riendo sobre el césped del campus mientras él leía esta o aquella bobada. Casi fue capaz de saborear los cafés con leche (qué malos, por cierto) de las mañanas de invierno que compartió con él.

Llegaba a su destino. Presionó el botón de solicitud de parada y se dirigió hacia la puerta. Antes de bajar, echó una ojeada a los chicos que había detrás de ella. Jóvenes, guapos, inexpertos aún y con cara de querer y saber pasárselo bien. 

Sonrió.

Siempre hay lugares a los que regresar. Y quien dice lugares, dice personas.


📷 Página oficial uab.cat. Facultad de Ciencias de la Comunicación (sin acreditar).

Música aquí. Chimo Bayo, Así me gusta a mí



Comentarios

Entradas populares de este blog

Lo de los años

Lo que viene siendo “A piece of cake”

Sueños