2020
Qué año más raro. Tengo la sensación de haber pasado de marzo a Navidad en un abrir y cerrar de ojos, pero no. Hubo muchas cosas más.
Lo empecé en una plaza de Segovia, a unos metros del acueducto. Me tomé las doce uvas a ritmo de campanadas y bebí cava no demasiado frío en unas copas que había tomado prestadas de un bar de la misma plaza y que luego devolví. Me fui a bailar, vestida de rojo y me dije a mí misma que el año iba a ser un reflejo de la forma en la que se empieza. Y pensé: viajaré, reiré, bailaré. Esperad un momento que tomo aire para respirar, que con la risa me ahogo.
Enero pasó rápido. Madrugar me permitió gozar de algunos amaneceres espectaculares. Apenas recuerdo el trasiego de ir al trabajo, al súper, a quedar para tomar una cerveza, un café, un cóctel al que bautizamos como “matador” o para comer unas tapas. Empecé a hacer planes de viaje. Miré los puentes, las vacaciones, los fines de semana, aviones, hoteles... El 2020 se presentaba como un epílogo del 2019, durante el cual había cogido 17 aviones, 8 trenes, había visitado 8 países... Ah, el 2020. Qué prometedor. Era como un bollo en el escaparate de una confitería: delicioso, preparado para ser consumido; de esas cosas que te hacen la boca agua y que son un regalo para el olfato y la vista.
Empecé a oír algo sobre un virus que azotaba la lejana China. Naaaaada. Si eso es como una gripe. También mueren no-sé-cuántos-miles-de-personas al año por gripe común, cáncer y accidentes de tráfico. Dale, que esto no es nada. Mira el viaje a Milán. Reserva para el de Dublín. Prepara, prepara, prepara.
Gloria, qué bonito nombre de tormenta tienes. Te llevaste el pequeño faro que señalaba el final del puerto (que Dios lo tenga en su gloria -ups- o que hubiese corrido más) y nos trajiste troncos, ramas y piezas metálicas que acabaron el año en el mismo lugar.
Llegó febrero y con él mi último concierto hasta la fecha. Aviones y hoteles reservados. Un mal día en la peluquería, de la que salí con el pelo tirando a verde y parecido a un churrasco a la brasa. Recuerdo ir directa a reservar el GRAN viaje. En julio, me dije. Un vuelo baratillo. Un hotel bien situado, con buena pinta. Bien comunicado. Una semana.
Un momento. Voy a llorar un poquito y vuelvo en seguida.
Carnaval. Yo, que había sido siempre de poco disfraz, de un tiempo a esta parte disfrutaba con cambiar de identidad momentáneamente. No es que todo estuviese permitido, pero el enfundarme en una ropa que no era la mía me permitía desinhibirme y olvidar durante unas horas qué y quienes me habían llevado a estar allí. Vino el primo. Se fue el primo. Nos fuimos a la ópera y acabamos bailando en la calle en una noche ventosa y más fría que el corazón de algunos adúlteros. El fin de semana “del hamol”. Nos conocimos un poquito más. Nos quisimos un poquito más. Nos abrazamos mucho y reímos incluso más. Quizá la gente pensaría que eran maletas llenas de ropa, pero en realidad estaban repletas de ganas de vivir, reír, de alegrías y de sueños.
Vino el extraño mes de marzo. El día 10, martes, fue el último día que besé y toqué a mi madre. El día 12 nos dijeron que por precaución las visitas quedaban restringidas y que ya nos avisarían. El día 11, miércoles, fue el último día que fui al cine. Vi la película coreana Parásitos, ganadora del Óscar a la mejor película (no recuerdo si extranjera, pero ¿qué más da?). Y aquel mismo viernes, viernes 13 (¿cómo no?), delante de unos “matadores” vi perpleja al presidente del gobierno decir que se instauraba el estado de alarma durante quince días. Pero... ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo ha dicho? ¿Por qué? ¿Quién?
Y llegó junio. Un mes que apenas recuerdo. Días más largos con olor a primavera, pero era una primavera disfrutada a medio gas. Con miedo a salir, a relacionarse. Mirábamos con desconfianza a aquellos que se nos acercaban demasiado en el supermercado. Cambiábamos de acera si era demasiado estrecha y alguien nos venía de cara. Apareció un nuevo elemento de vestuario, impuesto por obligación, que parece que es lo único que entendemos en estos lares, y que nos llevó a repetir hasta el hartazgo la frase “Ostia, la mascarilla, que se me olvida”. Un paseo por Barcelona, muy parecida a aquella ciudad pre-olímpica, solo que con apenas turistas, algo triste y muy melancólica. Fui capaz de oír el murmullo del agua de la fuente de la plaza Real en medio del silencio y de los susurros de los pocos viandantes.
Si no recuerdo junio, no queráis saber qué pasó con julio. Solo se salvaron diez días durante los cuales llegué a dormir en tres Comunidades Autónomas diferentes en tres días. Sol, playa, espetos, vuelos en ultraligero, una arrocito en Castellón. Amigos de hace casi 30 años y conocidos durante unas horas de coche. Un bombero murciano montado en una bici que habíamos conocido un año antes en Budapest. Una visita relámpago para aclarar dudas y seguir cerrando puertas. Calor, cervezas, helados. Qué asquete la mascarilla con el calor, la humedad, el vaho y mi propia respiración.
Caminante, no hay camino, pero sí hay múltiples Caminos. Lo que llegué a reír es casi infinito. Claro que me acompañaron el cansancio, la niebla, la lluvia y la mochila, pero también gente de diferentes partes del mundo. El universo nos puso en el camino a un vikingo, a un ex piloto del ejército, a un jubilado voluntarioso, a una pareja de vascos (pero vascos, vascos), a un guardia civil, a un guarda forestal y a decenas de personas más. Cerré algunas puertas que habían quedado entornadas. Sané heridas que quedaban y que creía curadas. Ahora tengo cicatrices. Ya no me duelen pero me recuerdan que una vez, por ellas, sangré.
Septiembre, octubre y noviembre me devolvieron a una cierta normalidad, pero, de nuevo, pasaron volando. Volvimos al trasiego de trabajar, comprar, salir, entrar, subir, bajar, un ratito para ti, otro para ti, otro para mí. Alguna pérdida, otra más. Pero no se me olvidó reír. De hecho, río más que hace tan solo dos años. Me han salido más arrugas alrededor de los ojos. Las envidiosas dirán que es por la edad, pero ya os digo yo que es por las grandes carcajadas que me he ido marcando pese a la que cayó y sigue cayendo.
Qué largo se ha hecho diciembre. Parece que el 31 no iba a llegar nunca, pero es mañana ya. Todos tenemos las ganas de cerrar cosas, de olvidar este atípico año, aunque hay cosas que no quiero ni pienso olvidar, porque han removido partes de mí que creía muertas. Sigo disfrutando de las puestas de sol (debo confesar que no voy a la playa a disfrutar de los amaneceres de invierno porque moriría de frío). A veces a solas y otras en compañía. Tengo a mi lado en estos momentos a unos compañeros de viaje maravillosos. Esas fantásticas personas me hacen reír y sonreír. Nada más y nada menos. Saben cuándo necesito un abrazo, una sonrisa o un mensaje de aliento y me lo dan sin pedir nada a cambio.













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