Volver la vista atrás

La memoria nos juega malas pasada. De repente, se le hicieron presentes aquellos ojos pequeños, que se encogían aun más cuando su dueño sonreía y que la transportaron a un sábado del mes de octubre de 1990. 

Habían quedado cerca de la plaza Cataluña, en la puerta de unos cines que había en la calle Bergara y que ya no existen. Había llegado con tiempo, periódico en mano, en tren. Las escaleras mecánicas de la estación la escupió al bullicio de la plaza, a sus palomas, a los escasos turistas de aquel entonces y al sol de otoño. Nerviosa, medio escondida en la entrada, pese a ser plena mediodía y que no hiciese frío, miraba aquí y allá sin saber por qué lado vendría. Benditas incógnitas de la era pre-teléfonos-móviles. 

Él llegó conduciendo un 600 blanco heredado de su tío y ella montó junto a él. Cruzaron sonrisas. Algún comentario y estallaron las risas. Siempre era así. Fueron a comer, seguro, aunque no recuerda el qué. Algo caro no debió ser, puesto que los dos eran estudiantes y no disponían de demasiados recursos en aquel momento.

Recordó llegar a su casa, en el barrio de Horta. Subir con reticencia las escaleras que llevaban a un segundo piso que, según él, estaba vacío en ese momento, porque que sus padres estaban pasando el fin de semana fuera. El estómago se le removió al rememorar los nervios de aquella niña de 22 años, inexperta, asustada y aferrada a un respeto y a una lealtad que al cabo de los años se demostraron ser innecesarios, falsos y malditos.

Fueron a su habitación. Él sacó unos álbumes de fotos en los que se le veía a veces en solitario y otras veces rodeado de gente, en un escenario. En aquellas fotos había un muchacho más joven, de unos 18 años, maquillado, disfrazado y declamando ante una audiencia. Una sonrisa iluminó su cara al recordar los nervios, el sudor de manos, el aliento de él cerca de su oreja mientras ella miraba sin ver aquellas fotografías. El tono de su voz, más pausado, hablándole de tal ensayo o de aquel día. Ella notaba su proximidad. Penetró en su memoria el olor de su colonia y la temperatura de su cuerpo.

Sonó el teléfono y fue como ver una pompa de jabón explotar en su ascensió errática.

Suspiró.

Treinta años más tarde, sonríe mientras mira al gato acurrucado en su regazo, pero lo hace con melancolía.

Si pudiese regresar al pasado iría a aquel sábado de octubre de 1990. Hablaría con aquella niña de 22 años y le diría que se rebelase, que nada hay peor que arrepentirse de algo que no se ha hecho y que cuando hubiese pasado más de un cuarto de siglo es, muy probablemente, demasiado tarde para todo.

Le diría que siempre hay lugares a los que regresar. A donde no se se puede regresar es a los momentos que ya pasaron. Ni los olores, ni los colores, ni los sentimientos, ni las sensaciones ni las personas que estuvieron son ya las mismas.


RECINTO XIX

“Hoy que has vuelto, los dos hemos callado,

Y solo nuestros viejos pensamientos

Alumbraron la dulce oscuridad

De estar juntos y no decirse nada.

Solo las manos se estrecharon tanto

Como rompiendo el hierro de la ausencia.

¡Si una nube eclipsara nuestras vidas!

Deja en mi corazón las voces nuevas,

El asalto clarísimo, presente 

De tu persona sobre los paisajes 

Que hay en mí para el aire de tu vida”

Carlos Pellicer


📷 Lídia Gonzalo

Música aquí. Seize the day de Avenged Sevenfold.

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