Dolor
No he sido demasiado de aferrarme a las cosas materiales. Lo saben aquí y en Tegucigalpa. Aquella casa, sin embargo, tenía algo que me impedía deshacerme de ella con tranquilidad.
El último día que pasé en ella fue un día gélido. Dentro de aquellas paredes debía estar a unos 2 grados. Era incapaz de calentarme, fruto del ambiente y de que no me movía apenas. Me dolían las manos y los pies, veía mi respiración en forma de vaho y estuve tentada de abrir las ventanas por ver si el aire se caldeaba.
También sentí, durante todo el día, un dolor en el pecho y en el estómago. Una aflicción que sólo había sentido previamente cuando falleció mi padre. Es como si fuese un pesar del alma, de esos que son tan potentes que incluso se sienten en el cuerpo.
Me asaltaban cientos de recuerdos, sobre todo de mi padre. Su risa, su voz, su mirada cómplice cuando mi madre me reñía. Y me acordaba de todo lo que había trabajado en aquella casa, de las horas que había empleado en ella para que luciese acogedora, hermosa, cálida y feliz.
Y lloré.
Vaya si lloré. Durante horas a lo largo del día y luego después en mi casa. Tardé mucho en aparcar mi desconsuelo. Me costó serenarme y pensar que aquella casa ya había tenido su función y que ahora tocaba hacer felices a otras personas. Muy a mi pesar, me aferro a esa casa porque me sigue recordando a mi padre.
Me pregunto qué me diría si aún estuviese aquí y no tengo claro que aceptase mi decisión. Así que la pesambre del recuerdo se mezcla con la tristeza del remordimiento y me sigue doliendo.
Música aquí. Regenerate, de Lee Fields & The Expressions

Comentarios