Lo que viene siendo “A piece of cake”
Menuda tarta.
No era de supermercado ni congelada. De pastelería de la buena, oigan. El bizcocho era esponjoso, suculento y jugoso, con la cantidad justa de azúcar para no ser empalagoso. Estaba dividido en dos partes y combinaba a la perfección con una gran capa de nata en medio, de esa que se ha hecho crecer a base de batir la cremosidad de una buena cantidad de leche fresca. Encima de la segunda capa de bizcocho, una divina y sabrosa cobertura de yema quemada, recubierta por una finísima cantidad de caramelo con cierto gusto a canela. Delicioso.
Quedaba aún otra capa. Alguien capacitado con una precisión y una creatividad infinitas había cogido una manga pastelera y había dibujado unas filigranas de nata que bien podían ser flores, serpientes o vaya usted a saber qué. Aquí y allá ese mismo alguien había dispuesto unas flores comestibles. Sí, de esas que tienen la misma consistencia que las obleas con las que se comulga en misa; de esa que se pega al paladar y a los dientes y de la que no te puedes deshacer si no es metiendo los dedos entre los dientes. En definitiva, ahí estaban esas flores, rosas al parecer, coronando una tarta de la misma manera que los alpinistas ponen banderas en las cimas que conquistan.
No había letras que dijesen “Feliz cumpleaños” o “Mucha suerte en tu nuevo trabajo” o “Te regalo esta tarta porque no sé cómo decirte que te quiero más que a mi alma” (creo que he exagerado con esta última). Nada. No había nada escrito, así que tengo dos teorías de lo que había pasado. Mi primera hipótesis se basa en que quizá simbolizaba un “No te aguanto más. Me voy. Adiós”. Una manera sutil de decirle a alguien “Se nos rompió el amor de tanto usarlo”.
La segunda posibilidad es que alguien quiso regalar esa tarta a otro alguien que la rechazó. Sus razones tendría. O no. Y quien compró esa tarta debió pensar que después de gastarse una cantidad ingente de dinero era un pecado tirarla y no se podía devolver. Quizá pensó que había que probarla, que las penas con pan son menos y acometió esa tarta entre la gula, la ira, la soberbia y el orgullo.
Quién sabe. Sólo sé que descubrí aquella tarta huérfana, algo mordisquedada, sobre una papelera, una calurosa mañana del mes de mayo en una ciudad que no es la mía. Aquella tarta seguía a la sombra y ni perros ni niños ni moscas se habían acercado aún a ella. Un solitario tenedor se erguía en medio, señal de que alguien había disfrutado de sus texturas, de sus colores y olores pero la había dejado allí junto a su tristeza o sus miedos.
📷 Lídia Gonzalo
Música aquí. Sinking ship, de Cake

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