Un papel amarillo
Eras mi príncipe azul. Durante mucho tiempo, me regalaste estrellas y pequeños trocitos de cielo. Iluminabas mi universo y a mí me bastaba contigo. Estábamos enamorados, éramos jóvenes e inconscientes y queríamos sacarle jugo a cada día. De aquella época son las arrugas que rodean mis ojos y tú las provocaste. Risas, puestas de sol, sangría y noches eternas de verano. Gracias.
Luego llegaron otros rostros. Personillas diminutas con las que tuvimos que compartirnos. Nos alejamos el uno del otro y a la par nos alejamos de un montón de personas que habían formado parte de nuestras vidas hasta aquel momento. Pasó el tiempo y nos fuimos reencontrando tú y yo y a los demás. Primero recuperamos a Efrén, que retomó sus entrenamientos de waterpolo; por aquel entonces tú estabas de nuevo a mi lado y me dejabas mensajes en pequeños cartoncitos. Luego él dejó el deporte y tuvimos que apoyar las decisiones que tomó en su vida. No fueron fáciles y no las entendimos, pero ¿qué se suponía que debíamos hacer?
Las risas siguieron muchos años más (ju, ju…) y aún hay gente que no entiende hasta qué punto estamos unidos. Aunque pase el tiempo, mi amor por ti no ha hecho sino aumentar, hasta convertirse casi en una obsesión. Las vicisitudes de la vida nos han unido aún más y aunque estamos juntos, cada uno tiene su propio espacio; aunque cada uno tiene su trocito de cielo, compartimos un mismo corazón. Lo reconozco ahora y sé que tú también lo sabes. Así que, durante lo que nos quede de vida, quiero seguir haciendo locuras contigo; quiero seguir compartiendo momentos anodinos (pero especiales para nosotros) contigo.
Caminaba un día por mi ciudad. Él camión de la recogida selectiva de basuras acababa de recoger el contenedor azul, en el que se depositan las facturas y los cartones. Recuerdo que hacía viento y un pedazo de papel vino hacia mí. Me dio en la cara y se quedó pegado en mi pecho, así que lo miré con incredulidad y sin entender qué había pasado.
Me sentí como una vieja curiosa mirando algo que no me pertenecía, pero aquella letra redonda, en tinta azul, y aquel papel amarillento llamaron mi atención. Casi sintiéndome culpable, empecé a leer las palabras que había en aquel pedazo de papel. Estaba claro que era una carta. Manuscrita para más señas. Por lo que entendí, una mujer escribía una carta a alguien muy querido. Quizá su pareja, quizá su amigo, quizá su hermana, quizá su amante. Era imposible saber a quién iba dirigida ni el mensaje que aquel pedazo de papel contenía. Tampoco podía saber cuál era el mensaje de aquella, llamémosle, carta.
Quizá en un giro inesperado de los acontecimientos, la carta acababa con un “A pesar de todo lo vivido, no podemos seguir juntos”. Quizá era una despedida, de las de para siempre. Tal vez era un reconocimiento y un agradecimiento a un montón de años juntos, así que pensé que si alguien había recibido esa hermosa carta y la había roto en seis pedazos para ponerlas en un contenedor y que se reciclara, era un final horrible. “¡Qué poca sensibilidad!”, pensé. Quizá acabó en el contenedor porque esas letras con tinta azul eran tan solo una sarta de mentiras y que quien las recibió había abierto los ojos hace mucho tiempo y ya no creía ni en puestas de sol, ni en trocitos de cielo, ni en risas ni en el amor.
Destruid bien vuestros documentos antes de ponerlos a reciclar. Cualquiera puede encontrarlos y sacar conclusiones.
Música aquí. OK go. I wont’t let you down.


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