Perdurar
Para él, quizá sí. Siempre se había definido como un romántico empedernido, de esos llevan el desayuno a la cama a la persona con la que ha compartido la noche, de los que preparan un baño relajante a la luz de las velas; un amante delicado que te pregunta si lo que te hace está bien o prefieres otra cosa. Para ella, el amor no es que fuese era otra cosa. Es que no existía. Prefería, incluso, no hablar de amor. Desengañada, había decidido evitar que su cerebro hiciese de nuevo conexiones sinápticas y había bloqueado conscientemente todos los neurotransmisores que la pudiesen llevar a sentir "mariposas en el estómago". Se había acabado para ella el amor. Nein. Niente. Kaput
Así que tras un largo paseo, a él se le antojó seguir caminando hasta la casa de ella.
- Qué corto se me está haciendo el camino-, le dijo.
- Eterno se me está haciendo a mí...
Ahora ella ve cada día ese árbol. Cada día. Todos y cada uno de su existencia. Ese tronco le recuerda que la palabra escrita desaparece mientras que lo que escribimos perdura, queda, como una marca indeleble y acusadora. Alguien creyó amarla y aunque fue una pasión pasajera, ahí dejó constancia. Él. Cómo no. Él.
Echa de menos los desayunos, los paseos, las miradas bobaliconas y algo que él definió como amor. Ella no lo sintió nunca y al menos con él. Aprecio, sí. Simpatía, también. Justo cuando estaba ablandando su coraza, la vida dio tal giro que ahora está resuelta a no abrirse a nadie. Esgrimió la máxima de “si no dejas que nadie entre en tu corazón, nadie puede lastimarlo” y así pretende que siga siendo por los siglos de los siglos.
📷 Lídia Gonzalo
Música aquí. Perdurar o nada, de Ventó

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