Cómo voy a salvar nuestra situación




Siempre supuse que la situación podía ir a peor y creía que me daría cuenta de que algo se iba a la mierda. Y cuando digo algo, me refiero a mi matrimonio. 

Todos recordaréis que en 2020 estuvimos unos meses en cuarentena. Una pandemia azotó el planeta y aquí el gobierno decretó el confinamiento de la población para reducir el número de contagios. Menudas risas al principio ¿eh? Cantando y aplaudiendo en los balcones, haciendo broma con las mascarillas y los guantes, sentando cátedra en redes sociales y tele trabajando. Y ahí, amigos, fue donde todo empezó a irse al garete.

Llevábamos veinticinco años juntos. Veintitrés años casados y dos años de un breve e intenso noviazgo. Sí, sí. Noviazgo. De los de antes. De los de te-presento-a-mis-padres y ven-a-pasar-la-navidad-con-mi-familia. De los de conocernos en el asiento trasero de un coche. De los de tendremos-un-hijo-y-ojalá-que-sea-niño.

¿Qué podría salir mal?, pensaréis. Parecía la situación ideal. Consistía en trabajar desde casa, con los tuyos alrededor y sabiendo que están bien y era menos probable que se contagiaran. Quienes pudimos hacerlo fuimos hasta cierto punto unos afortunados. Muchísima gente tenía que salir cada día de casa para jugarse el tipo mientras nosotros nos conectábamos a internet y hacíamos reuniones hábilmente vestidos con un jersey de pico y los pantalones del pijama.

Así que allí estábamos mi contraria (mi amada esposa, a la que por alguna razón he llamado siempre así, como si fuese mi enemigo) y nuestro hijo (sí, al final tuvimos un niño). Los días pasaban muy rápidos al principio. Organizábamos las reuniones de trabajo, el uso del ordenador familiar, las sesiones del chaval para conectarse con los profesores del instituto, los horarios de comida, las compras semanales. Las sesiones de cine (¿os había comentado que me di de alta en todas las plataformas digitales habidas y por haber?), las videollamadas con la familia de mi contraria, la hora de hacer pilates (Yo. Pilates. Sí.), el día de hacer pan. Nos dio por hacer pan y pasteles. No preguntéis. 

¿Por dónde íbamos? Ah, sí. Los bizcochos y el pan. Ah, no, no. Hablaba de la cuarentena. Pues eso. Nos vimos obligados a convivir en un piso cerca de la calle Antonio Maura. El tiempo pasaba plácidamente hasta que un día, sin saber por qué, a mí me entró tos. Una tos seca. Desagradable. Sospechosa, ya que era uno de los síntomas del tan temido virus. Sin fiebre, sin mucosidad. Tos. Solo tos. Ese fue el principio del fin. De hecho, fue el capítulo veinticuatro del fin, porque la hecatombe se venía cociendo a fuego lento desde hacía un tiempo.

Mi contraria empezó a rehuirme. Os preguntaréis cómo se puede uno escapar de alguien en 90 metros cuadrados, pero ella lo consiguió. Si yo entraba en la cocina a buscar agua mientras ella estaba comiendo una tostada, salía de allí con cualquier excusa. Si nos cruzábamos por el pasillo, su pecho se henchía y aguantaba la respiración hasta que habíamos dejado la proximidad. Si necesitaba entrar al despacho para coger un rotulador de esos que tanto me gustan, se levantaba y se iba al baño.

Soy muy despistado para según qué cosas. La naturaleza me ha dado un cerebro selectivo gracias al cual soy incapaz de recordar qué llevaba puesto en una boda o en qué año mi cuñado se zampó él solo el plato de jamón que debería haber sido para todos. Sí, lo sé. Soy muy avispado para algunas cosas y muy cortito para otras. Un tonto del culo de los de toda la vida, vamos. Concretando, que el distanciamiento, las malas caras o las miradas furtivas de mi contraria se me pasaron totalmente por alto. Debí darme cuenta de que el uso indiscriminado del gel desinfectante o de la lejía aumentaban cada vez que yo aparecía en escena. Quizá el uso de la mascarilla dentro de casa también era una buena pista. Una señal, una revelación que no vi. La convivencia se volvió más fría, hasta el punto de que acabamos cenando un triste sándwich vegetal, cada uno en frente de sus respectivas pantallas como si fuésemos extraños.

Os hablé hace un rato del particular funcionamiento de mi cerebro. Olvidé deciros que el de mi contraria funcionaba exactamente de forma opuesta al mío. Amigos… Ahí ella me ganaba de calle. Tenía en la memoria RAM una serie de datos que se remontaban a la Edad de Piedra de nuestra relación. Un día me dejaba la tapa del inodoro subida y me recordaba que hice lo mismo durante el mes de mayo de 2015. Al día siguiente no le daba la vuelta a los calcetines sucios y me recriminaba que ya me lo dijo durante las vacaciones en Tui el año pasado. Ojo, que también para lo bueno. Si un día le preparaba para desayunar un mollete con jamón y un café con leche me decía con ojos risueños que ese gesto mío la enamoró la primera vez que lo hice, hace ya quince años. Si algún día decidía hacer yo la comida para que ella descansara me recordaba el pisto de verduras tan rico que cociné el día que tuvo que quedarse cuidando de su hermana cuando nació nuestro sobrino. Y así.

Empezó, como os decía, con pequeñas señales que no supe ver. Un carraspeo aquí. Una espalda erguida. Un vello erizado. Mi contraria se distanciaba y yo seguía enfrascado en una batalla por salvar el negocio, tan tocado por el cierre forzado de la mayoría de actividades económicas. Así pues, ella haciendo teletrabajo y yo haciendo lo que podía. Los dos en casa con nuestro hijo. Llegamos por fin a la semana que marcó un antes y un después. Recuerdo que fue a mediados de abril. Lo sé porque se acercaba el Día del Libro y tuve la peregrina idea de regalarle un libro de colección. Un cómic, sí, pero de colección. Un libro publicado en 1978 que ilustraba la historia de la música. Que sí, que a quien le gusta la música es a mí, pero quería regalárselo a ella. O a mí. O yo qué sé.

Recuerdo estar buscando en el ordenador portátil y ella entró en el salón. No me esperaba. Creía que estaba en el baño. Paró en seco en el marco de la puerta y clavó su preciosa mirada en mí. Se quedó petrificada y se dio la vuelta para marchar. Sorprendido, salí tras ella y al intentar cogerla del brazo, lo retiró como si de una descarga eléctrica se tratase. “¿Qué te pasa?”, le pregunté. “Que toses. Que toses mucho. Que seguramente estás contagiado y nos va a acabar contagiando a los demás”. “Pero ¿qué dices? Si yo siempre he tosido”. Sí. Siempre he tosido. Mucho. Una tos seca resultado de un resfriado mal curado cuando era un jovenzuelo. Volver a casa de madrugada, destemplado y con pasos titubeantes me acarreó más de una bronquitis desagradable.

A lo que iba. Que tosía. Me dijo que tosía. Que tosía mucho. Y yo me quedé mirándola, en medio del pasillo con cara de pasmado. No es una cara muy diferente a la que tengo normalmente, todo sea dicho. Debería explicar que de pequeño se metían conmigo porque mis ojos son muy pequeños y recuerdan a los de un oriental. Incluso llegué a imaginar, para evadirme de aquel acoso, que mi padre había sido un señor japonés que estuvo de intercambio universitario en mi ciudad. Pero no. Mi padre se llama Manuel y vive felizmente con mi madre en el piso al que entraron a vivir cuando se casaron.

Acabé por ver normal que pasáramos las horas a solas, pese a estar acompañados durante el confinamiento. Y a mí me acompañaba una tos persistente que quería camuflar bajo una inexistente alergia. Así que compartíamos espacio pero poca cosa más. Diferentes turnos de comidas, de duchas, de ocio. Solo seguimos compartiendo la cama, por razones obvias, aunque nos deslizábamos entre las sábanas como si estuviésemos invadiendo el espacio del otro. Resultó ser una de las peores partes de nuestra rutina. Casi que lo único que faltó construir un muro en medio de la cama, porque en realidad, el centro parecía albergar un campo de minas.

Era primavera en la calle pero en mi casa era invierno. 

Lejía, lejía, lejía. 

Cuando levantaron parcialmente el confinamiento fue bastante liberador. Pude salir a trabajar y encontré el aire que tanta falta me hacía. Y empecé a tener malos pensamientos. Me dio tiempo a reflexionar y a ver que quizá había heridas que ya no se podían coser sino que lo que había que hacer era amputar. Es cierto que desde que nos conocimis habíamos superado muchísimos obstáculos, pero parecía que aquella situación se nos había enquistado. Llegué a plantearme irme a trabajar de temporero, aunque mi parte racional me decía que a dónde iba a llegar, entrado en años, dedicándome a la agricultura. Y es que a mí el campo me ha gustado siempre y había ayudado a mi abuelo Miguel en la huerta durante años. ¡Menudas lechugas! Y de ahí mi apodo en el pueblo. El Lechuguita. Bueno, en realidad mi abuelo era El Lechuguita. A mi padre lo llamaban El Cogollo y a mí El Cogollito.

Empecé a perder el norte. Una noche llegué a soñar con José Luis Cuerda. Me hablaba de los inconvenientes de morirse, aunque había días en los que yo solo veía ventajas. Creo que desvariaba y me ahogaba cada día un poquito más. Ojo, no por la tos. Imaginaba teorías conspiranoicas sobre el posible origen del virus. No me atrevía a hablar de ellas, pero esas ideas corrompían mi mente. Me preocupaba demasiado por las dificultades globales para poder poner remedio en las trifulcas personales. Me desconectaba del mundo exterior, con lo que tenía que refugiarme en mi mundo interior… en el que tampoco estaba muy contento.

El silencio apabullante nos abrazaba desde por la mañana hasta por la noche. Seguíamos cenando sandwiches vegetales como si fuesen la única alternativa culinaria. Pan, lechuga, tomate, huevo cocido, tomate, lechuga y pan. Salíamos poco a comprar y la lechuga era de las primeras cosas en acabarse. A medida que se alargaban las semanas de confinamiento comprábamos más lechuga. Comíamos lechuga cada día y varias veces al día. Incluso para desayunar.

Me parece estar llegando al final, aunque no estoy muy seguro de querer hacerlo. Esto va a ser como quitarse una tirita. Mejor rápido y con un golpe seco, que así me dolerá menos.

Llegó el día. El día en que todo se acabó. Mi contraria quiso hacerse una ensalada y no había lechuga. La sarta de reproches se oyó hasta en Estambul. Yo fui capaz de encontrar las palabras justas, las que había estado madurando durante el confinamiento. Las imaginaba pomposas y sonoras. Me había visualizado ostentoso, con prestancia y elegancia, mano en pecho cual Napoleón solemne. Cogí aire y las solté.
- Me voy a por lechuga.
- ¿Dónde dices que te vas?
- A por lechuga.
- Pues ve.

Y aquí estoy. En Montserrat. Que diréis que tampoco fue para tanto y esperabais una aventura más espectacular ¿no? Ni idea tenéis. Ni idea. No estoy en la montaña catalana, no, sino en la isla caribeña. Oigo el mar y los pájaros desde mi silla. A lo lejos suena música y estoy preparando un estofado de agua de cabra. La lechuga ya no forma parte de mi dieta. 


📷 Lídia Gonzalo

Música aquí. Cómo voy a salvar nuestra situación, de Los Marañones.


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