Nessum Dorma
¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Un año? ¿Año y medio? No lo recordaba, pero un contacto telefónico y laboral desató la imaginación de ambos.
De conversaciones completamente profesionales pasaron a contarse intimidades que nadie de su entorno más inmediato sabía. Chats a escondidas. Redes sociales compartidas. Susurros telefónicos y notas de audio. Fotos. Levantarse, ver un mensaje y sonreír. Desde los buenos días y desearse felices sueños. Preguntar qué tal había ido el día y qué habían comido. Los días transcurrían plácidos y tranquilos.
Desde que apareció en su vida, se había ido convirtiendo en alguien imprescindible. Era un hombre maduro, experimentado. Una figura de referencia, idolatrada y deseada. Era culto y le enseñó sobre música y literatura. Hablaban de teatro, de libros policiacos y de ópera. Le descubrió Nessun Dorma y desde durante meses el vello se le erizaba y tenía ganas de llorar cada vez que escuchaba esa pieza. Se imaginaba disfrutando de esa canción a su lado. Desnudos, jadeantes y sudorosos.
En ese tiempo no se habían visto cara a cara. Ninguno de ellos había necesitado más hasta ese momento. Los momentos robados a la rutina habían desatado algo entre ellos. Se intuían fuegos artificiales, sí, pero esas explosiones acababan siempre en pólvora mojada. Era frustrante y excitante a partes iguales. Deseaba ese cuerpo dando por hecho que era recíproco.
El contacto no era real, claro está. El sexo virtual era bueno, buenísimo. Excitante y efervescente. Vídeos, susurros, fotos. Esos pequeños encuentros eran píldoras que aplacaban su deseo. Lo poco que había visto de él había sido arrebatador. Una piel blanca y suave que imaginaba de olor dulzón y atrayente. Aquel cuello… Habría pasado horas hundiendo su nariz en aquel cuello divino. Ansiaba que aquella relación les llevase a algún sitio.
Un fin de semana, quedaron para tomar algo. Perfume, desodorante, nervios y expectativas envolvían su andar hacia la cita. Estaba llegando y lo vio allí, con gafas de sol, un bolso de piel en donde le había dicho que transportaba una libreta en la que apuntar nuevas ideas, la cartera y el móvil. Se estremeció.
Se sentaron. Tomaron algo. La conversación era intrascendente y le costaba seguir sus palabras, pendiente de unos labios carnosos. “¿Te acompaño a casa.”, le dijo. Hacía unos meses que aquellos ojos claros e inquisitivos le habían abierto puertas que ni siquiera sabía que existían. Miraban más allá del parabrisas. “Debo decirte una cosa”, empezó. “Debo decirte que...”. “Sí, dime…”. “Debo decirte que no me gustan los hombres”.
Sonó su móvil en ese momento. La pantalla se iluminó con un “Judit” sobrepuesto a la foto de una mujer. Descolgó pero Mauro era incapaz de oír nada excepto un aria.
📷 Lídia Gonzalo
Música aquí. Nessum Dorma, de Giacomo Puccini

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